El emperador que murió por actuar como Dios

Cuando el emperador Calígula asumió el poder, el pueblo romano lo celebró con apodos como «nuestro bebé» y «nuestra estrella». Roma lo respetaba y amaba. Pero no por mucho tiempo.

Un buen (pero corto) principio

Cayo Julio César Augusto Germánico, más conocido como Calígula («botitas», en latín), se convirtió en emperador de Roma el 16 de marzo del 37. Entonces, el pueblo romano vivió sus siete meses más felices en mucho tiempo.

El emperador recompensó al ejército por sus servicios, desterró a los delincuentes sexuales y celebró combates de gladiadores en el Coliseo. Y así se ganó el favor de su pueblo: Roma quedó deslumbrada por la generosidad de su gobernante.

El comienzo del final: el viraje letal

Caligrafía de Giovanni Battista Cavalieri y Thomas Treterus

En octubre de 37, Calígula enfermó de gravedad —el historiador Filón atribuye su aflicción a los excesos del emperador—. Lo cierto es que su contacto con la muerte lo transformó radicalmente y marcó un punto de inflexión en su modo de reinar.

«Recuerden que tengo el derecho de hacerle lo que quiera a quien quiera», afirmaba el emperador convencido de ser Dios, según su biógrafo Suetonio. Creyéndose dueño de la vida ajena, asesinó a quienes habían prometido sus vidas si el emperador se recuperaba y forzó a suicidarse a su esposa, su suegro y su primo.

Comenzó a humillar a sus senadores y, por ejemplo, los obligaba a pelear para que lo divirtieran. Y cuando los cónsules olvidaron realizar la proclamación por su cumpleaños, los depuso y dejó al Estado sin sus magistrados más importantes durante tres días.

La extravagancia de Calígula se tornó tan ilimitada que no dudó en recurrir a los medios más controvertidos para saciar su ambición. Elevó los impuestos, confiscó herencias y persiguió a los ciudadanos más ricos.

La decisión fatal de Calígula

La tiranía del emperador despertó el odio de su pueblo. Todos en la corte lo preferían muerto, de acuerdo al historiador Cassius Dio. Y quienes no conspiraban para asesinarlo se convirtieron en los cómplices de quienes sí. El repudio hacia Calígula era tal que tres grupos de conspiradores planearon su muerte simultáneamente.

El ataque estaba pensado para el primer día de los juegos seculares, una serie de celebraciones religiosas desarrolladas durante tres días y tres noches. Pero la indecisión retrasó el asesinato al último día de los juegos.

Entonces, Calígula estaba en el teatro. Tras largas horas de entretenimiento, el emperador quiso salir para tomar una ducha y almorzar. Pero, por algún motivo que algunos atribuyen al destino, decidió cambiar su ruta habitual, fuertemente custodiada. En su lugar, eligió un camino más corto, pero inseguro.

Los conspiradores no dejaron pasar su oportunidad esta vez y lo sorprendieron en la oscuridad. Con sus espadas le pusieron fin a la vida de Calígula. Lo apuñalaron 30 veces, según Suetonio. Y también asesinaron a su esposa e hija para eliminar la posibilidad de un sucesor legítimo.

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