La (in)humana decisión que debió tomar esta mujer judía en la Segunda Guerra Mundial

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En la primavera de 1940, la joven polaca Estera Frenkiel y sus padres eran parte de los 160 000 judíos del gueto de Lodz.

Como los alemanes no solían entrar en ninguno de ellos, hacían que los judíos formaran consejos de ancianos para manejar la administración diaria. Sus integrantes eran los judíos más poderosos del gueto. Estera Frenkiel era la secretaria, por lo que podía considerarse «afortunada».

En setiembre de 1942, este rol probó ser crucial. Entonces, los nazis ordenaron la deportación de los niños, enfermos y ancianos que no podían trabajar. Pero Biebow, el director nazi del gueto, les concedió a los integrantes del consejo el beneficio de salvar a diez niños de esa suerte.

El instinto de Estera se activó:

¿Qué podía hacer? Tenía familia cercana. Tenía un tío que salvar. Un primo. Para mí, la familia es lo más cercano. Debía cuidarla; para los certificados de exención, primero debía considerar a mis familiares… en estas situaciones se derraman lágrimas, pero cuando hay tantas, uno prioriza su propia situación.

Testimonio de Estera Frenkiel al investigador Laurence Rees.

La culpabilidad la invadió cuando vio los rostros desesperados de las madres que eran apartadas de sus hijos. Por un momento, dudó si debía haber salvado a los más «útiles». Pero ni siquiera sus salvados sobrevivieron por mucho tiempo más, porque más tarde también fueron deportados.

Estera Frankiel fue trasladada al campo de concentración de Ravensbruck. Allí fue forzada a trabajar, pero su fortaleza no hizo más que crecer. «Si no hubiese sido fuerte y decidida, no estaría hoy aquí».

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